El gobierno
de Uzbekistán, un fuerte aliado de Estados Unidos en ese polvorín llamado Asia
Central, está aplicando un método tan eficiente como sanguinario para controlar
el crecimiento de la población: extirpar úteros o atar las trompas de Falopio,
con o sin consentimiento de las mujeres.
Las
denuncias, hechas por diversos organismos de derechos humanos como Amnistía
Internacional y Avaaz, aseguran que pueden llegar hasta cien mil las mujeres
esterilizadas contra su voluntad tras concurrir a hospitales para una revisión
de rutina o para dar a luz.
El gobierno,
encabezado por el comunista converso Islam Karimov, ha negado reiteradamente
que tenga una política de esterilización masiva y forzada, y su prédica parece
haber calado en los países occidentales, ya que le prestan una fuerte ayuda
económica.
